Trabajo infantil en Costa de Marfil: Una radiografía sobre el terreno.

Bodouakro es un campamento de casas de adobe y tejados de hoja de palma. No tiene acceso a luz ni a agua. Está a unos 40 kms de Daloa, el núcleo urbano más próximo.

Esos 40 kms significan más de una hora en 4×4 a través de caminos de tierra muchas veces inundados. Estamos en el rural marfileño. El aislamiento de estas poblaciones de la región de Haut-Sassandra no se mide solo en kilómetros, hablamos también de un aislamento social, económico y cultural que perpetúa el ciclo del trabajo infantil.

“Yo no pude ir a la escuela, no sé hablar francés y lo paso mal. Me hace mucho daño, no sé leer y eso me duele. Me las arreglo para defenderme” nos cuenta Yao Dibi, padre de 10 hijos y abuelo de Moise, quien, con solo 10 años es su compañero de recolecta en los campos de cacao.

La renta per capita en Costa de Marfil es de 1.409 dólares anuales por persona y el promedio de hijos por familia es de 3.

Las escuelas son precarias o inexistentes en las zonas rurales del país y las jornadas de trabajo en el campo para sacar adelante a una familia son extensas y tediosas.

“Todas las mañanas, cuando el resto de los niños se van a la escuela, nosotros nos vamos al campo, le despierto y nos vamos juntos. Vamos a las 7.00 am y, si estamos cansados, volvemos a las 15.00, si no estamos cansados volvemos a las 16.00 o a las 18.00” explica el señor Dibi.

Si unimos todos esos ingredientes y los cocinamos al fuego lento de 6 años de postguerra desde los últimos conflictos del país, nos encontramos con una situación en la que millones de niños y niñas de las áreas rurales de Costa de Marfil se ven obligados a convertirse en trabajadores infantiles en lugar de asistir al colegio. La falta de recursos económicos de las familias y el analfabetismo de sus padres aboca a estos niños a una vida de trabajo en el campo desde que son pequeños.

“Yo limpio el campo para el cacao, no voy a la escuela porque mi abuelo no tiene dinero, pero me encantaría poder ir y ser profesor de mayor” dice Moise, con una sonrisa pícara mientras sostiene el machete con el que corta los frutos del cacao.

Es el comienzo del ciclo de la pobreza: Trabajan desde niños sin poder asistir a la escuela porque no tienen medios económicos y no pueden acceder a opciones de desarrollo económico porque no tienen una educación. Sin saber leer, escribir y sin recibir una educación básica, estos niños perpetuarán el trabajo infantil en las siguientes generaciones.

Es 29 de mayo y el sol no da tregua en el medio del campo de cacahuetes donde Fanta recoge los frutos para venderlos en el mercado. Su hijo Nazorio, de 15 años, limpia el terreno. Lo hace así todas las mañanas desde que hace dos años, sus padres tomaron la difícil decisión de sacrificar su escolarización por el trabajo en el campo.

“Tengo 8 hijos. Mi marido decía que no teníamos dinero. Decidimos retirar a Nazorio y a su hermana Fanpi de la escuela para ayudar en el campo y que con los ingresos que ellos generaban se pudiese pagar la escolarización de los más pequeños” cuenta Fanta mientras llena recipientes con el cacahuete recolectado en la jornada.

Moise y Nazorio son dos casos de los más de 3 millones de niños que trabajaban en las plantaciones de cacao y otros cultivos en Costa de Marfil según los datos de un estudio de la Universidad de Tulane llevado a cabo en 2014.

El trabajo infantil en el ámbito familiar es muy frecuente en situaciones de pobreza y de analfabetismo de los padres, condiciones habituales de las áreas rurales donde los niños trabajan para sobrevivir y para cubrir su necesidad de dinero, comida, alojamiento o ropa.

Según la FAO, las estrategias políticas para eliminar el trabajo infantil en zonas rurales deberían incluir entre sus áreas de intervención mejorar el acceso a una educación de calidad y asequible y dar incentivos para promover la inscripción de niños y niñas y la asistencia a la escuela a través de programas de alimentación escolar.

Daniel Kone, el coordinador de proyectos de Global Humanitaria en Costa de Marfil nos lo explica:

“Si las ONG y el Estado ayudamos a los padres con esta tarea de aligerar los costes del sistema educativo a través de comedores escolares y apoyo en los gastos que implica la escolarización de los niños, el nivel escolar en Costa de Marfil va a aumentar considerablemente y esto dará un nuevo sentido al desarrollo pleno de los menores que es uno de los puntos que más nos importan en Global Humanitaria”.

“Un niño sin educación no es alguien libre. Está bloqueado de manera intelectual, de manera económica, está bloqueado para buscar un empleo, está limitado. Si les ofrecemos la oportunidad de aprender a escribir y a leer por ellos mismos y crecer para ser grandes personas, el día de mañana podrán cambiar el sistema de vida anclado en el concepto de que el que viene de una familia pobre no va a poder cambiar su condición”.

Imagen: A child in a village near Daloa in central Ivory Coast, May 31, 2017. (Manu Brabo/MeMo for Global Humanitaria)