Tecnología y calidad educativa en Bolivia

Por Patricia Alandia Mercado*, desde Bolivia

En uno de los innumerables actos de entrega de obras a escuelas, el presidente  del Estado Plurinacional de Bolivia, Evo Morales, confirmó la dotación de computadoras en El Alto a alrededor de 15 000 estudiantes de secundaria; ésta se suma a la ya realizada a todos los profesores en ejercicio. El mandatario afirmó que con esas computadoras/ordenadores, más el satélite Túpac Katari, nuestra educación estaría dando el salto a la “era digital y tecnológica”, eje de la política educativa actual que, según él, ha permitido el avance de nuestra educación, en la que “estamos muy bien”. Las preguntas que caben son si las computadoras per se mejoran la calidad educativa, y que si estamos en un punto en que nos hace falta esta cobertura tecnológica.

En el caso de la educación, las inversiones millonarias en tecnologías, por muy útiles que éstas sean, no son suficientes para construir una política educativa; el fundamento de una política es el currículo o programa educativo, en el que se establece el lugar de las tecnologías, pero solo como herramientas accesorias, no como base ni mucho menos fin. Y un currículo, tal como ocurrió con la vilipendiada Reforma Educativa de 1994, se construye en el tiempo, en un proceso de reflexión de los distintos actores educativos, guiado y diseñado por expertos, y alimentado y sustentado en experiencias y estudios científicos. No es obra de una consultoría de tres meses ni de uno que otro taller masivo de socialización.

En consecuencia, la cantidad de aulas, baños, canchas, tinglados y computadoras solo sirve para evaluar la infraestructura, las condiciones externas en las que se llevan a cabo los procesos que, por supuesto, pueden favorecerlos; sin embargo, si queremos establecer la calidad educativa, es necesario evaluar las competencias de los estudiantes, en especial en las áreas de lenguaje y matemáticas, que son las que permiten el desarrollo del pensamiento lógico, el razonamiento verbal y matemático, las habilidades para analizar, criticar, entre otras. Al respecto, si bien el Gobierno ha evitado este tipo de evaluaciones, hay pruebas contundentes sobre cuán profundos son los problemas de nuestros niños y jóvenes en esas dos áreas.

Con esos antecedentes, el Ministerio de Educación debe intentar un proceso de investigación y reflexión para encontrar el lugar de las nuevas tecnologías en la enseñanza, sobre todo, a partir de la primera constatación: el 70% de profesores no usa las computadoras que les fueron otorgadas. En primer lugar, porque no saben utilizarlas; en segundo lugar, y más importante, porque no saben cómo y para qué utilizarlas en los procesos de enseñanza.

Con todo esto, no pretendo menospreciar la función de las computadoras en la educación o la formación de los estudiantes en el uso de las TIC, que es ineludible en los tiempos que vivimos, sino poner en el debate el lugar que deben ocupar en nuestra educación. Mi experiencia docente me permite afirmar que los estudiantes que llegan a la Universidad, pese a que han pasado por cursos de computación, no tienen las competencias básicas de búsqueda, discriminación y uso de la información a la que acceden en Internet; investigar se ha reducido a buscar información, copiarla y pegarla en un trabajo que muy poco tiene de elaboración personal y menos de resultado de análisis, crítica y creación, imprescindibles para un aprendizaje significativo.

Finalmente, de lo que se trata es de reordenar las prioridades. La formación de los profesores es fundamental, pero no una formación masiva, calificada por los mismos profesores como inútil, sino una integral, que les permita desarrollar sus propias competencias y contar con herramientas didácticas para propiciarlas en los estudiantes. También es necesario revisar el currículo, y ello supone precisar antes, más allá de la retórica, sus fundamentos teóricos y metodológicos. Por último, en este preciso momento la dotación de computadoras no se plantea como una urgencia, sobre todo si tomamos en cuenta que el Ministerio de Educación no posee los recursos económicos, y recientemente tuvo que encabezar una campaña de recolección de libros casa por casa, para la implementación de bibliotecas comunitarias y el fomento de la cultura lectora. Aún queda mucho por hacer.

*Docente universitaria, Directora de la carrera de Lingüística de la Facultad de Humanidades de la Universidad Mayor de San Simón.