Nicaragua: emigración y deserción escolar

Desde Río San Juan, Omar Tremiño

Doña Juana Taleno es una mujer de aproximadamente 62 años, y su rostro indica que los años no han pasado en vano. Habita en una casa muy humilde, sus paredes son de madera, techo de paja y láminas de zinc, sobre una loma en la comunidad Boca de Sábalo, en el municipio de El Castillo en el sur de Nicaragua. Tiene 8 hijos de los cuales dos residen permanentemente en la vecina Costa Rica, en tanto los otros viajan los fines de año a “coger café” o “cortar café”.

Doña Juana no solo crió a sus ocho hijos, sino que ahora cría a sus nietas:  Ana Patricia y Kenia. Ambas nacidas en el vecino país, donde su mamá trabajaba como empleada doméstica. Ana Patricia recuerda que cuando cumplió un año de nacida su mamá la trajo a vivir con sus abuelos paternos,  donde se quedó hasta  los 8 años; después de estudiar hasta tercer grado, salió hacia Costa Rica.

Llegada a Costa Rica, se ubicó en Pocora (una villa del municipio de Guácimo, en la provincia de Limón) junto a su mamá. Sus estudios anteriores fueron reconocidos por el Ministerio de Educación costarricense y le aceptaron continuar estudiando el cuarto grado.

Ana Patricia recuerda: “para mí fue fácil integrarme a la escuela, porque casi todos los vecinos de Pocora estudiaban conmigo, aunque me costó conocerlos. Algunas profesoras se portaban bien, pero la de inglés me exigía mucho. Si ahora me piden que regrese no lo haría, puesto que allá está solo mi mamá y me sentía rara”.

Con el paso del tiempo, la mamá y el papá de Ana Patricia se separaron. La mamá se quedó en Costa Rica y el papá regresó a su comunidad.

La historia de Flor Lillieth (en la imagen) es diferente; con 14 años de edad se encuentra  estudiando el tercer grado de primaria en la comunidad de Las Maravillas, otra comunidad de El Castillo. Todos los fines de año, a partir de la segunda semana de noviembre, Lillieth viaja con toda su familia: su mamá, papá y sus 4 hermanos a “coger café”. A partir del año pasado su mamá, Flor de María, pide permiso a la dirección de la escuela para que le hagan las pruebas finales de fin de curso anticipadamente, a lo cual accede la dirección. Sin embargo, está practica de pedir que se adelante la evaluación es reciente. Lillieth repitió varios años debido a que abandonaba el año escolar para irse a “coger café”.

Para ir a “coger café” y ayudar a mejorar los ingresos familiares, Flor Lillieth deja de estudiar las tres últimas semanas de clases y las primeras dos semanas del año lectivo siguiente. El corte de café o “cogida de café” dura un tiempo aproximado de tres meses y medio.

Este año Flor de Lillieth no fue a la “cogida de café” y se muestra nostálgica por no haber viajado, aunque ya no quiere seguir trabajando. Por ahora Lillieth tiene su mirada puesta en noviembre de 2014 cuando iniciará otra temporada de “cogida de café” y podrá adelantar sus evaluaciones de fin de año para irse a vivir la “pura vida” del vecino país.

Historias como éstas son comunes de encontrar en las comunidades del departamento de Río San Juan, en donde la cercanía con la vecina Costa Rica, los bajos salarios pagados a los campesinos y la concentración de la tierra en manos de pocos, ha hecho que sea “normal” que niños, niñas y adolescentes abandonen la escuela para irse a trabajar con sus padres al vecino país.

Dicha “normalidad” ha llevado a que se asuma como parte de la política educativa local el adelanto de las evaluaciones de fin de año a aquellos niños, niñas y adolescentes que viajarán a las “cogidas de café”. Quienes, además, quedarán expuestos a la explotación laboral, la trata de personas y la explotación sexual comercial, tal como han evidenciado diferentes estudios.

De acuerdo con el último censo costarricense, en ese país los nicaragüenses representan casi el 75% de la población inmigrante.