Mujeres rurales, el sustento de la soberanía alimentaria

Las mujeres rurales representan una cuarta parte de la población mundial y, en los países en desarrollo, el 43 por ciento de la mano de obra agrícola. Cultivan, procesan y preparan gran parte de los alimentos disponibles, por lo que, en cierta forma, son el sustento de la soberanía alimentaria.

Y sin embargo, “mujeres” y “rurales” son dos realidades que, por separado, constituyen elementos de exclusión, y que, al combinarse, multiplican las posibilidades de las personas que las viven de quedar al margen de derechos básicos y de sufrir violencia y explotación.

En un estudio de la FAO[1] se relacionaba directamente los bajos rendimientos en la agricultura con el acceso desigual de las mujeres a los recursos y oportunidades, con datos que dejan claramente al descubierto la brecha de género en el sector agrícola:

  • Menos del 20 por ciento de quienes poseen tierras son mujeres y también tienen acceso limitado a insumos, semillas, créditos y tecnologías sostenibles.
  • Los hogares conducidos por mujeres tienen, de promedio, la mitad de posibilidades de contar con equipo mecánico o fertilizantes que los hogares conducidos por hombres, y por ello producen menos.
  • Las mujeres gestionan explotaciones más pequeñas (entre un tercio y un 50% menores en promedio) que los hombres
  • Crían menos ganado, y de especies más pequeñas (con menor rendimiento económico) que los hombres
  • Han recibido educación durante menos años y tienen menor acceso a formación agrícola y a los créditos.
  • Si trabajan por cuenta ajena, reciben salarios inferiores que los hombres por el mismo trabajo.

Tal como ha destacado la propia FAO y también agencias especializadas como ONU MUJERES, promover la igualdad de género no solo es lo justo y bueno para las mujeres, sino también para el sector agrícola y la sostenibilidad a escala mundial. Si las mujeres tuvieran acceso a la actividad agrícola en condiciones de igualdad, organismos como la FAO han calculado que podrían incrementar la productividad de sus explotaciones agrícolas entre un 20 y un 30%, y sacar del hambre a entre 100 y 150 millones de personas.

No se trata solamente de beneficios en la productividad. Está demostrado que cuando las mujeres controlan más ingresos, gastan más que los hombres en alimentos, salud, vestido y educación para sus hijos, con lo que se fortalece el acceso de las comunidades a sus derechos.

Gran parte de los objetivos de la Agenda 2030 van encaminados a acabar con la pobreza y el hambre, alcanzar la seguridad alimentara y poner fin a la brecha de género. Pero para ello, el empoderamiento de las mujeres rurales es un requisito previo.

En países como Costa de Marfil, la alfabetización de mujeres es el motor inicial de este proceso de empoderamiento. Gran parte de las mujeres rurales en este país están organizadas en cooperativas, de modo que el conocimiento básico sobre lectura, escritura y aritmética es imprescindible para gestionar sus negocios.

En el caso de las mujeres rurales, las iniciativas que fomentan su independencia y su capacidad de decisión van parejas de las que les ayudan a conocer sus derechos, a reclamarlos y a luchar contra los factores de discriminación y las violencias que sufren, como la mutilación genital, la violencia sexual o los matrimonios precoces, gran parte de las cuales suceden preferentemente en el ámbito rural.

En última instancia, luchar contra la exclusión de las mujeres rurales significa respaldar su participación y liderazgo en el diseño de las leyes y estrategias políticas que les afectan.

Desde 2008, el Día Internacional de las Mujeres Rurales reconoce la contribución de las mujeres al desarrollo agrícola y rural, la mejora de la seguridad alimentaria y la erradicación de la pobreza rural.

  1. [1] Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (2011). El estado mundial de la agricultura y la alimentación 2011: Las mujeres en la agricultura, Cerrar la brecha de género en aras del desarrollo

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Imagen: Una campesina y su hija en Konghoni, Malaui (Juan Díaz/Global Humanitaria)