Mes de las mujeres: Retrato de Ruth Buendía, indígena Asháninka

Por Antonio Sancho, desde la Selva Central de Perú

Conocí a Ruth Buendía en el año 1998. Unos pocos años atrás, había podido escapar de su comunidad indígena Asháninka, Cutivireni, en el río Ene, totalmente ocupada y esclavizada por el grupo terrorista Sendero Luminoso. Su padre Rigoberto había sido asesinado. Ella huyó. Logró rescatar a sus hermanos y a su madre enferma descendiendo en una precaria balsa de troncos por la noche el río Ene. Un río lleno de rápidos. Lo hizo en total silencio con sólo doce años. Los senderistas ni la vieron ni la escucharon.

La violencia nos ha marcado profundamente. Yo he visto cómo metían a un niño en agua hirviendo hasta que murió. La herida está adentro. Por eso queremos que se sepa lo que hemos pasado”, manifestó Ruth al diario local La República.

Su logro más impactante ha sido la paralización del mega-proyecto hidroeléctrico de Pakitsapano. La construcción de una represa en medio del río Ene, de 180 metros de altura que significaba 10,000 asháninkas desplazados y sus comunidades inundadas. Se ha logrado, es cierto, con una combinación de varios factores y el trabajo de un pequeño equipo, pero todo ello propiciado y sostenido por Ruth. Sin su valentía para asumir su responsabilidad como líder en un momento dramático, sin su determinación para entender que no todo es negociable, sin su prudencia para saber plantear demandas y denuncias por cauces justos y sin su inteligencia para rodearse de un equipo leal y capaz, la multinacional brasileña Odebrech no hubiera desistido de continuar con el proyecto.

Pero sinceramente creo, que ese logro impactante y visible, lo ha logrado Ruth gracias a otro logro anterior y más silencioso: haber dirigido con prudencia y coraje durante ocho años la organización que representa a las comunidades asháninkas del río, la Central asháninka del río Ene, CARE.

Desde su elección como presidente en 2005, tuvo que sobreponerse a la nube de críticas y rumores a media voz por su condición de mujer y por su juventud. Ella demostró su voluntad y su capacidad y se ha ganado la unidad de todos los jefes tradicionales, todos varones, de la cuenca del río. Sobre esa unión y esa legitimidad, Ruth ha hecho escuchar la voz de las familias asháninka del Ene. Voz que dice “no a las represas” pero sí a mejorar la vida como indígenas y a que se respete sus derechos como ciudadanos.

Los hombres no se dan cuenta de que tenemos capacidad intelectual. Nosotros no excluimos a los hombres. Al contrario”, señaló.

El tema de la construcción de la represas, simplemente, hubiese cambiado de forma radical y trágica la vida de las comunidades del Ene. El mega-proyecto suponía la desaparición del río, y con él, la desaparición forzosa e irrecuperable de la multitud de formas de vida ligados a él. Pero sobre todo el aterrizaje de estas megaempresas empobrece la vida de las comunidades porque termina con la pluralidad que significa “vivir”. Los mega-proyectos, como hemos visto en el río Urubamba, se convierten en una red que acota, ocupa y termina definiendo todo en casi todos los ámbitos de la vida: dónde vives, cómo, en qué trabajas, qué estudian tus hijos, los cambios son tan bruscos, rápidos y de tales dimensiones, que cualquier intento de decidir tu vida con autonomía se convierte en una mera ilusión.

El trabajo de Ruth y de la CARE, de momento, han paralizado esa amenaza que además de lo visto tendría nefastos y demostrados impactos medioambientales. “Como pueblo asháninka queremos ser consultados, pero con buena fe”, indicó al periódico Perú 21.

Las características más apreciables de Ruth son su coraje, sin llegar a la temeridad; la veracidad, a pesar de lo políticamente incorrecto y personalmente peligroso, que pueda resultar muchas veces ese hábito del “decir veraz”. Su honestidad, porque Ruth ha sabido no dejarse arrastrar por esa enfermedad frecuente de confundir o presentar el interés individual disfrazado de demandas colectivas. Y su sabiduría para calibrar, tomarse con su debido peso, los distintos aspectos de su vida. Su gente asháninka y su familia, cinco hijos y un esposo, son su prioridad.

Imagen: Ruth, en la comunidad de Pamakiari (Jonathan Mcleod)
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