Madres voluntarias de Puno: “Nuestra tierra está cansada”

Desde Puno, Gabriel Díaz, responsable de publicaciones de Global Humanitaria.

En la escuela de Potojani Grande (Puno, Perú) dialogamos con las madres de los niños que acuden a este centro escolar, mientras preparaban la comida que se sirve en uno de los comedores de Global Humanitaria en la zona. Luz Marina, Esperanza, Lucila, Giovanna, Ada y Delia, conocen como pocos la realidad de esta comunidad: ellas son quienes se ocupan de los hijos y de llevar adelante el hogar; siembran y crían animales; recogen leña y cocinan en el fogón que por lo general está en una de las dos habitaciones de adobe y paja (los materiales más utilizados por los campesinos e indígenas de la región), en donde viven familias con hasta cinco hijos. Luego, la jornada continúa.

“Aquí en la escuela cocinamos de 8 de la mañana hasta el mediodía, desde hace once o doce años atrás. Cuando comenzamos había muchos niños desnutridos, todavía hay, pero son menos. Eso pasaba porque en casa no podíamos preparar platos calientes como los del comedor”, explican. ¿A qué se dedican en sus hogares? “Nos levantamos a las 4 o 5 de la mañana y salimos al campo a cuidar el ganado y a trabajar la tierra. Ahora la tierra está cansada, no da tantas papas como antes, hay más heladas, granizo, que malogra lo que sembramos en nuestras chacras”, aseguran entre todas.

Les pregunto si tuvieron la oportunidad de ir a la escuela y responden que la mayoría de ellas no lo hizo, porque sus padres preferían que fueran los varones y que ellas se quedaran en casa. En voz baja hacen comentarios en aymará, y rápidamente dicen en castellano: “La economía estaba muy mala. Los hermanos varones iban a estudiar y algunos de los varones terminaban la secundaria”. Muchas de las mujeres de Puno son las encargadas y responsables del hogar, ya que los padres viajan a trabajar al centro urbano más cercano, por una quincena, tres o seis meses, cuando regresan, porque muchos no dan señales nunca más.

Por lo que cuentan, las más de 50 madres que trabajan en este comedor por turnos semanales, no tuvieron grandes inconvenientes en ponerse de acuerdo y organizarse por grupos. El menú de hoy consiste en un revuelto de verduras con arroz y una fruta de postre. Nos piden, eso sí, que necesitan que la colaboración continúe porque a las familias les resulta muy complicado, casi imposible, valerse por sí mismas. Viven en condiciones muy precarias, ellas y sus hijos se desplazan caminando, con lluvia o sol, casi siempre con el frío intenso que se siente en las cercanías del lago Titicaca, a unos 3.800 metros sobre el nivel del mar.

En medio de esta falta de recursos, el alimento ofrecido por el comedor es fundamental para garantizar la asistencia de los niños a la escuela y mejorar su capacidad para aprender y salir adelante.

En la imagen, el grupo de madre en plena faena. Fotografía: Juan Mercado/Global Humanitaria.