La quinua, milenaria oportunidad

Por Wilfredo Parillo, técnico de proyectos de Global Humanitaria en Perú

Los cultivos de gran arraigo alimenticio, social y cultural, como la papa o la quinua, forman parte de los sistemas de producción tradicional de comunidades altoandinas de Perú, constituyen escenarios de la interrelación simbólica entre el hombre y la naturaleza, herencia de una tradición de profundo apego cultural entre los campesinos andinos.

Y sin embargo estos cultivos, pese a sus propias cualidades nutritivas, su pertinencia cultural y pese a los esfuerzos desplegados por organismos estatales y privados en muchos años, aún no ha alcanzado un real protagonismo en la lucha contra el hambre, la desnutrición y la extrema pobreza de sus “criadores”, los campesinos de la cuenca del Lago Titicaca.

Tal como  comentamos en un post anterior, el Perú ha logrado posicionarse entre uno de los diez primeros países proveedores de alimentos en el mundo, una realidad que contiene aspectos positivos y también otros más cuestionables. Un boom agro-exportador que se explica por un modelo de grandes extensiones de tierra en manos de grandes grupos económicos, favorecido por el incremento de la demanda de alimentos en el mundo, la alta de tecnificación de la actividad agrícola y la firma de los Tratados de Libre Comercio (TLC) entre distintos países, entre otros factores.

Con una creciente demanda de quinua del mercado externo, en los últimos cinco años este grano milenario incrementó notablemente la superficie de siembra y cosecha. Alentadas por el precio, explotaciones de tamaño mediano, sin ninguna tradición quinuera previa, emprendieron el cultivo en zonas en las que este producto no era tradicional, como ha sucedido en la franja costera del Perú.

Así, vimos con incertidumbre cómo las regiones costeras del país pronto se tiñeron con los colores de la quinua. Para estas nuevas cosechas, y como era de esperarse, se emplearon tecnologías de producción convencionales –que comúnmente no son inherentes a este cultivo- con los que se alcanzaron rendimientos cuatro veces mayores a los que obtienen los pequeños productores de Puno.

La declaratoria de la Asamblea General de las Naciones Unidas de designar el 2013 como Año Internacional de la Quinua, impulsó la producción en el país y entre 2014 y 2015 se registraron récords históricos de producción y exportación de este grano, hasta el punto de que el Perú logró consolidarse como el primer productor mundial de la quinua con cerca de 115,000 toneladas cosechadas. De éstas, el aporte de la región de Puno solo representó el 30% aproximadamente, cuando hasta el año 2012 Puno era considerada como el primer productor a nivel nacional. Inevitablemente, el boom de la quinua trajo consecuencias que hasta hoy perjudican a los pequeños productores altoandinos de Puno.

Desde el 2016, la sobreoferta de la quinua trajo abajo los precios, y junto con ella la imagen de este grano en el mercado exterior. En este periodo, contenedores íntegros íntegros de este grano fueron rechazados al encontrar restos de agroquímicos por encima de los permitidos. Hoy, la quinua del productor tradicional es lamentablemente “mal catalogada” como un producto con niveles altos de fertilizantes y pesticidas químicos que desmerecen su calidad para el consumo, triste consecuencia como resultado del interés egoísta de agricultores con mayores posibilidades de inversión, pero sobre todo como consecuencia de una mala articulación entre los involucrados, entre ellos los Ministerios de Agricultura (SENASA, AGRORURAL), de la Producción y del Comercio Exterior, entre otros, en medio de la sonada declaratoria.

Granos andinos tradicionales en la región de Puno

La producción de quinua en el Departamento de Puno, y como cultivo tradicional de las comunidades Quechuas y Aymaras, continúa siendo en su mayor parte orientada al autoconsumo.  En el caso de los excedentes, los campesinos los ponen a la venta en mercados locales con precios que no justifican la inversión y el esfuerzo empleado, debido en parte a la injerencia de intermediarios en la cadena de comercialización.

Estos intermediarios acopian preferentemente la quinua, en ferias locales para luego someterla a un eventual procesamiento y ofrecerla en mercados de mayor demanda en el país o insertarla en la vía de la agroexportación, con precios que indudablemente les representan mayores ganancias en comparación con las que obtiene el productor del campo.

La papa y la quinua en especial, han cobrado singular importancia en la región y el país en los últimos años, sin embargo para el pequeño productor no han conseguido generar beneficios en la dimensión que corresponde y, cuando se trata de comercializarlas ofertándolas como productos orgánicos, “sanos”, los precios no compensan la inversión y el esfuerzo empleado, sobre todo en los mercados locales que son los inmediatos o únicos a los que pueden acceder estos productores: la preferencia en el consumo de alimentos de origen orgánico por la población demandante aún no se ve reflejada en los precios que están dispuestos a pagar, y es otro aspecto aun por desarrollar.

Los productores originarios de la quinua en Puno, pequeños, medianos individuales o asociados, más de 10,000, hoy suman esfuerzos para posicionarla nuevamente, ahora con una connotación estrictamente orgánica a través de una marca colectiva única que certifique la misma. Los primeros frutos ya se dan a conocer: así, ya se cuenta con un sello distintivo de este grano de oro, AYNOKA, denominación con la que en adelante podrá conocerse a la quinua orgánica de Puno en el mundo.

Pero frente a tantas dificultades, no cabe duda que la Agricultura familiar sea ahora más que nunca una fortaleza y una oportunidad con la que se puede revertir “la pobreza” y devolver a su población el legítimo derecho a una alimentación con dignidad.