La doble discriminación de las mujeres en los países más pobres

Llevamos unos días viendo mucha información sobre los derechos de la mujer y la igualdad, y es que llega el 8 de marzo, Día internacional de la mujer, y es el momento de hacer un repaso de las metas alcanzadas y de las que nos quedan por conquistar.

Hoy en día, en pleno siglo XXI, en nuestro país muchas mujeres siguen siendo discriminadas por la única condición de ser mujer. Aunque pensemos que llevamos mucho camino andado, en nuestro país sigue habiendo brecha salarial. Los sindicatos hablan de una diferencia del 24%, y sólo un 27% de los cargos directivos son ocupados por mujeres. Según el Instituto Nacional de Estadística, las mujeres dedican el doble de tiempo a las tareas domésticas que los hombres, acumulando estas tareas a las laborales. Son repartos que se hacen de manera silenciosa pero que siguen relegando al sexo femenino a ser las máximas responsables de las tareas menos agradecidas y nada valoradas. Y respecto a la violencia machista, o el acoso, está todo por hacer. El año pasado contamos más de 54.000 casos de violencia doméstica y lamentamos 49 víctimas mortales, y todavía, en la calle, en el trabajo y en otros ámbitos, se siguen dando casos de mujeres cosificadas, denigradas o acosadas.

Desde luego, en nuestro país quedan muchas cosas por hacer y mucho por educar en la igualdad y el respeto.  Pero, ¿qué ocurre cuando además de ser niña o mujer, vives en un país pobre? Los datos de Naciones Unidas confirman que la desigualdad de género está extendida en todo el mundo, pero esta situación se agrava en las regiones menos desarrolladas donde la mujer tiene que superar las barreras de la pobreza y las de género. Por tanto, ser niña, en algunos países, supone enfrentarse a una doble discriminación.

Muy a pesar de las leyes y convenciones internacionales que protegen los derechos humanos sin distinción de sexo, en muchos países la discriminación comienza en las propias leyes nacionales y en la separación de la mujer de la vida política.

Mientras lees este artículo, cada dos segundos una niña contrae matrimonio de manera forzosa, y es obligada a dejar la escuela y dedicar todo su tiempo y energía a la vida del hogar. Según confirma la OMS, más de 200 millones de mujeres y niñas han sido objeto de la mutilación genital femenina entre África, Oriente Medio y Asia, donde se concentra esta práctica.

En los últimos años los datos de alfabetización y educación han mejorado notablemente. Sin embargo, aún queda mucho por hacer. Cuando los recursos son limitados, en algunos lugares se prioriza la educación de los niños frente a la de las niñas, arrebatándoles oportunidades desde las edades más tempranas. Se calcula que hay casi 880 millones de personas analfabetas en el mundo, de los cuales dos tercios son mujeres.

Existen también graves problemas sanitarios, ya que un tercio de las enfermedades de las mujeres en los países más desfavorecidos, están directamente relacionados con el embarazo, el parto, o enfermedades ginecológicas. Las tasas de mortalidad todavía son muy altas, por no poder acceder a una asistencia médica adecuada, y a veces por afrontar el embarazo a edades muy tempranas.

Por motivos culturales, religiosos y políticos, se siguen limitando las oportunidades de las mujeres desde su niñez, y negar el derecho a la educación, a la salud, a la libertad y la igualdad de las niñas, es negar sus derechos más básicos, recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

La discriminación por género es un problema que afecta a mujeres de todo el mundo en múltiples planos de su vida, pero hay que prestar especial atención a las mujeres y niñas más vulnerables y con menos opciones para empoderarse y tomar las riendas de sus vidas.

El 8 de marzo es un día para dar visibilidad a las injusticias y desigualdades que se siguen dando en todo el mundo, para tomar conciencia, y provocar un cambio. Y hasta que esta brecha no desaparezca, es nuestra obligación hacer visibles todos estos atropellos.