El cólera del fin del mundo

La semana pasada sonaron todas las alarmas, pero (casi) nadie las escuchó. Cada día, una media de 5.000 personas, según la OMS y UNICEF, contrayeron el cólera en Yemen, un país cuyos sistemas de salud, agua y saneamiento han quedado devastados por dos años de un intenso conflicto.

Los directores de UNICEF, Anthony Lake, y de la OMS, Margaret Chan, emitieron un comunicado en el que subrayaron la dificultad de enfrentarse al que han calificado como  “el peor brote de cólera del mundo“. Menos de la mitad de los centros de salud del país están plenamente operativos, y la cantidad de suministros médicos que están entrando en el país ha disminuido en dos tercios con respecto a marzo de 2015. Organizaciones como Cruz Roja han estimado en más de 300.000 los casos declarados.

Como sucede en tantos conflictos y guerras que no aparecen en el prime time, ahora oímos hablar de Yemen cuando las agencias internacionales y las ong reciben atención al alertar de las muertes causadas por conflictos de cuyas causas y desarrollo no han suscitado el interés mayoritario de los medios.

El riesgo de cólera es más alto en las zonas carentes de infraestructuras básicas, entre ellas los campos de refugiados sin saneamiento o acceso a fuentes de agua mejoradas. De modo que repasar los países con mayores prevalencias de la enfermedad en los últimos años es recorrer los países con los índices más bajos de desarrollo humano, como Mozambique, Tanzania, Etiopia, y Haití. A menudo suman que están sufriendo guerras de larga duración, como el ya citado Yemen, Afganistán, Somalia o Sudán del Sur.

El cólera es una infección intestinal aguda causada por la ingestión de alimentos o agua contaminados por una de las cepas de la bacteria Vibrio cholerae, que puede causar fuertes diarreas y la muerte por deshidratación en cuestión de horas.  Aunque la enfermedad afecta cada año a entre 1,3 y 4 millones de personas,  en un 75% de los casos, no presenta síntomas, y el tratamiento es ampliamente conocido y muy efectivo en la mayoría de los casos.

La OMS estima que un mínimo de entre 21.000 y 143.000 personas mueren cada año a causa de esta enfermedad, la mayoría de ellos niños y ancianos,  los más vulnerables ante la deshidratación. Muchos de los fallecimientos no se llegan a contar por suceder alejados de los centros de salud.

Las estrategias de prevención del cólera y de otras enfermedades transmitidas por el consumo de aguas en mal estado o por prácticas higiénicas defectuosas pasan por el despliegue de medidas de promoción de la higiene, como la construcción de letrinas y el lavado de manos, especialmente después de defecar.

También es importante hacer partícipe a toda la comunidad sobre las prácticas correctas de higiene básica en la preparación y la ingestión de alimentos, así como en su conservación, e implicar a los medios de comunicación en la difusión de mensajes educativos.

La persistencia del cólera, al igual que en el resto de las llamadas enfermedades de la pobreza, como la malaria o la tuberculosis, ilustra sobre las desigualdades en el acceso a servicios básicos que, pese a los avances, persisten con las mismas causas para los mismos colectivos. Una muestra más de lo que Galeano consideró la división internacional del trabajo, “aquella en la que unos países se especializan en ganar y otros en perder”.

Imagen: Yemen: a safe haven! (European Union/ECHO), en Flickr