Un recorrido por la Afrocolombianidad-I

Por Oliver Molano, coordinador de Comunicación y Marqueting, y Leticia Jaramillo, directora de Global Humanitaria Colombia.

 

Cada mes de mayo se celebra en Colombia el El Mes de la Herencia Afrocolombiana, declarado por el Ministerio de Cultura alrededor de la fecha en la que el Congreso de la República abolió la esclavitud en el país, en 1851.

Celebrar la Afrocolombianidad es la ocasión para hacer un recorrido por su historia, lo que nos debe permitir también, conocer las causas estructurales y los diversos factores que han contribuido a que los afrodescendientes afronten actualmente la difícil situación social, económica, de rezago y marginalidad frente al resto del país.

La Diáspora africana se remonta hacia el siglo XVI. Con el descubrimiento de América aumentó la demanda de esclavos del continente africano, la mayoría procedentes de Arguín (Mauritania), Santo Tomé y Príncipe (Golfo de Guinea), San Jorge de la Mina (Actualmente Ghana) y Cabo Verde. Miles de esclavos fueron comercializados en la Isla de Gorea en Senegal, territorio que por más de 3 siglos fue el mercado más importante de trata de personas, que produjo ganancias económicas para las naciones europeas participantes y grandes pérdidas humanas, culturales y económicas para África; hechos que aún siguen sin ser reconocidos por el mundo occidental, tal como lo relata Rolando Mallafe en su libro La Esclavitud en Hispanoamérica.

Los primeros esclavos ingresaron a la América Hispánica por Cartagena de Indias, sitio que se convertiría más adelante en el puerto más importante para el mercado de trata de personas afrodescendientes, como lo relata el Sacerdote jesuita Carlos de Orta, que en 1618 escribió a su padre: “Estos lugares son tan calurosos, que estando al presente en la mitad del invierno, se siente mayor calor que en la canícula. Los esclavos negros son en número de 1.400 en la ciudad van casi desnudos. Los cuerpos humanos de continuo están bañados de sudor. Los alimentos son bastos e insípidos. Hay gran escasez de agua dulce, y la que se bebe es siempre caliente… En cuanto a forasteros, ninguna ciudad de América, a lo que se dice, tiene tantos como ésta, es un emporio de casi todas las naciones, que de aquí pasan a negociar a Quito, Méjico, Perú, y otros reinos; hay oro y plata. Pero la mercancía más en uso es la de esclavos negros. Van mercaderes a comprarlos a vilísimos precios; los traen en naves bien sobrecargadas a este puerto, donde hacen las primeras ventas con increíble ganancia”.

La mayoría de esclavos que lograban sobrevivir al transporte desde las costas de Senegal, eran utilizados en haciendas, obrajes (empresas manipuladoras de textiles) y la naciente minería americana que era presentada como uno de los grandes logros del descubrimiento del nuevo mundo.

Sin embargo, no toda la población afrodescendiente traída desde África fue esclavizada; la antropóloga colombiana Nina Friedemann en su libro Palenque, habla de afrodescendientes que lograron escapar y estableciendo comunidades libres, fueron llamados Cimarrones; algunos huyeron al interior entre las montañas y construyeron Palenques que eran pueblos encerrados con palos para protegerse de las incursiones de los ejércitos españoles, algunos otros, fueron hacia el norte de lo que se consideraba la Nueva Granada y se “arrochelaron” (término utilizado en la época para designar amotinamiento o agrupación contra una autoridad opresora), con el tiempo estas comunidades fueron conocidas como Rochelas y fue el hogar de indígenas, afrodescendientes y mestizos que no estaban de acuerdo con el poder de la colonia.

Durante 3 siglos las comunidades afrodescendientes soportaron todo tipo de abusos y el proceso de su libertad se dio a pasos pausados comprendiendo casi 60 años entre la primera ley que prohibía la trata de afrodescendientes en Cartagena, hasta la ley de “libertad de esclavos” promovida en 1851 por el Presidente colombiano José Hilario López. A pesar de todo este proceso, las comunidades afrocolombianas seguirían siendo habitantes de hecho y no jurídicamente reconocidos como colombianos; tan solo hasta la Constitución Política de 1991 se empiezan a ser considerados como sujetos jurídicos de derecho estableciéndolos así como “Comunidades Negras, Raizales y Palenqueras”.

El Mes de la Herencia Afrocolombiana convoca a hacer un recorrido por el pasado, presente y futuro de las culturas africanas, afroamericanas y afrocolombiana; sus historias, sus luchas, las injusticias de que han sido víctimas, el estado de sus derechos humanos y étnicos, sus diversidades culturales, sus procesos organizativos reivindicatorios y sus proyectos de empoderamiento ciudadano y político. Sentir y valorar la Afrocolombianidad es vivir y engrandecer la “colombianidad” multiétnica y multicultural.

Actualmente las comunidades afrodescendientes representan el 10% de la población colombiana, algo más de 4 millones y medio de habitantes, ubicados en su mayoría en el Pacífico del país, zona considerada como uno de los territorios más biodiversos del planeta y que pone de cara a Colombia con el Océano más grande del mundo.

Estos atributos, sumados a los aportes culturales y gastronómicos de estas comunidades, podrían dar a pensar que es una población próspera teniendo en cuenta la zona donde habita, pero la realidad de vida difiere totalmente de los imaginarios y nos muestra una sociedad totalmente marginada desde hace más de 200 años, que a lo largo de su historia han tenido que soportar numerosos atropellos, discriminaciones y exclusiones, y actualmente pese a los avances culturales, tecnológicos y la reformulación de Colombia como un país de derechos, la sociedad afrocolombiana se encuentra en un atraso que lo ubica con indicadores sociales muy parecidos a algunos de los países empobrecidos de África.

En un próximo artículo veremos cómo la Constitución de 1991 representó una luz para las comunidades afrodescendientes en Colombia.

Imagen: Joven pescador en el muelle de Tumaco, Colombia (J. Díaz/Global Humanitaria)